- Bueno - dijo Ford -, comprendo que quieras hablar de muchas cosas, de modo que gracias por las copas, y si pudieras dejarnos en el planeta más cercano...
- Pues mira, eso es un poco difícil - repuso el Capitán -, porque nuestro rumbo quedó establecido antes de que saliéramos de Golgafrinchan debido, según creo, a que los números no se me dan muy bien...
- ¿Quieres decir que tenemos que quedarnos en esta nave? - exclamó Ford, perdiendo súbitamente la paciencia ante aquel acertijo -. ¿Cuándo piensas llegar a ese planeta que has de colonizar?
- Me parece que en cualquier momento, ya estamos cerca - dijo el Capitán -. En realidad, tal vez vaya siendo hora de que salga del baño. Pero no sé por qué tengo que dejarlo justo cuando más me gusta.
- ¿De manera que vamos a aterrizar dentro de un momento? - dijo Arthur.
- Pues en realidad, no tanto aterrizar, no es tanto un aterrizaje como, no... hummm...
- Pero ¿qué dices? - preguntó Ford con brusquedad.
- Pues creo que, hasta donde puedo recordar - respondió el Capitán, escogiendo las palabras con cuidado -, estábamos programados para estrellarnos en él.
- ¿Estrellarnos? - gritaron Ford y Arthur.
- Pues sí - confirmó el Capitán -, sí; creo que eso forma parte del plan. Hay una razón tremendamente buena para ello que ahora mismo no logro recordar. Era algo relativo a... humm...
Ford estalló.
- ¡Sois un hatajo de puñeteros chiflados! - gritó.
- ¡Ah, sí! Eso era - dijo el Capitán, rebosante de alegría -. Esa era la razón.
Douglas Adams, El restaurante del fin del mundo
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