
¡Era la primera vez que se veía tal cosa!, una protesta por la educación con infinitos manifestantes.
El primero de ellos, en un afán radical dijo:
-¡Yo quemaré el ministerio y mataré al ministro al cabo de una hora, si nadie lo ha hecho antes!
El segundo de los manifestantes, en idéntico afán exclamó:
-¡Yo lo haré al cabo de treinta minutos, si nadie lo ha hecho antes!
El tercero de los manifestantes, para no ser menos dijo:
-¡Yo lo haré, si a los quince minutos nadie lo ha hecho!
Luego el cuarto manifestante se sumó diciendo:
-¡Si a los siete minutos y treinta segundos nadie lo ha hecho, yo lo haré!
Así sucesivamente cada uno de los infinitos manifestantes fue reduciendo el tiempo a la mitad.
Al cabo de una hora, obviamente, el ministerio estaba en llamas y el ministro yacía muerto.
"¿Quién es el culpable?" rezaban los titulares de prensa.
Las investigaciones no arrojaban mayores luces sobre su identidad. Entonces llamaron a declarar a todos y cada uno de los manifestantes.
El primero dijo que cuando él se había comprometido a realizar la hazaña, se encontró con que el ministerio ya ardía y el ministro estaba muerto.
Se llamó luego al segundo manifestante, quien igualmente declaró que cuando se dirigió a los treinta minutos al ministerio, éste ya estaba en llamas y el exánime cuerpo del ministro estaba tendido en el piso.
Consecuentemente se citó al tercer manifestante, cuya defensa era casi idéntica a las anteriores.
Y así, uno por uno han ido desfilando eternamente con equivalentes declaraciones los infinitos manifestantes.
Nunca me encontrarán.
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