-¿Y usted no admite que puede equivocarse?
-Sí... ya lo he pensado, pero procedo como si estuviera en lo cierto. Además, una sociedad secreta es como una enorme caldera. El vapor que produce puede mover una grúa como un ventilador...
-¿Y usted qué es lo que quiere mover?
(...)
¡Ah, si usted supiera cuántas veces lo he pensado! Y lo que me alienta es saber que la civilización y la miseria del siglo han desequilibrado a muchos hombres. Estos locoides que no encuentran rumbos en la sociedad son fuerzas perdidas. En el más ignominioso café de barrio, entre dos simples y un cínico va a encontrar usted tres genios. Estos genios no trabajan, no hacen nada... Convengo con usted en que son genios de hojalata... Pero esa hojalata es una energía que bien utilizada puede ser la base de un movimiento nuevo y poderoso. Y éste es el elemento que yo quiero emplear.
-¿Manager de locos?...
-Esa es la frase. Quiero ser manager de locos, de los innumerables genios apócrifos, de los desequilibrados que no tienen entrada en los centros espiritistas y bolcheviques... Estos imbéciles... y yo se lo digo porque tengo experiencia... bien engañados..., lo suficiente recalentados, son capaces de ejecutar actos que le pondrían a usted la piel de gallina. Literatos de mostrador. Inventores de barrio, profetas de parroquia, políticos de café y filósofos de centros recreativos serán la carne de cañón de nuestra sociedad.
Erdosain sonreía. Luego, sin mirar al encadenado, dijo:
-Usted no conoce la inaguantable insolencia de los fronterizos del genio...
-Sí, mientras no se los comprende, ¿no es verdad. Barsut?
-No me interesa.
-Es que a usted debe interesarle porque va a ser de los nuestros. Yo opino esto. Si a un fronterizo se le discute que no es un genio, toda la insolencia y la grosería de este incomprendido se levanta injuriosa ante usted. Pero elogie sistemáticamente a un monstruo del amor propio, y ese mismo sujeto que lo hubiera asesinado a la menor contradicción se convierte en su lacayo. Lo que debe saber es suministrarles una mentira suficientemente dosificada. Inventor o poeta, será su criado.
-¿Usted también se cree genio? -estalló iracundo Barsut.
-Yo también me creo genio... Claro que lo creo... pero cinco minutos y una sola vez al día..., aunque poco me interesa serlo o no. Las frases importan poco a los predestinados a realizar. Son los fronterizos del genio los que engordan con palabras inútiles. Yo me he planteado este problema que nada tiene que ver con mis condiciones intelectuales. ¿Puede hacerse felices a los hombres? Y empiezo por acercarme a los desgraciados, darles por objetivo de sus actividades una mentira que los haga felices inflando su vanidad..., y estos pobres diablos que abandonados a sí mismos no hubieran pasado de incomprendidos, serán el precioso material con que produciremos la potencia... el vapor...
(...)
-Créame, siempre ocurre así en los tiempos de inquietud y desorientación. Algunos pocos se anticipan con un presentimiento de que algo formidable debe ocurrir... Esos intuitivos, yo formo parte de ese gremio de expectantes, se creen en el deber de excitar la conciencia de la sociedad..., de hacer algo aunque ese algo sean disparates. Mi algo en esta circunstancia es la sociedad secreta. ¡Gran Dios! ¿Sabe acaso el hombre la consecuencia de sus actos? Cuando pienso que voy a poner en movimiento un mundo de títeres..., títeres que se multiplicarán, me estremezco, hasta llego a pensar que lo que puede ocurrir es tan ajeno a mi voluntad como lo serían a la voluntad del dueño de una usina las bestialidades que ejecutara en el tablero un electricista que se hubiera vuelto repentinamente loco, Y a pesar de ellos siento la imperiosa necesidad de poner en marcha esto, de reunir en un solo manojo la disforme potencia de cien psicologías distintas, de armonizarlas mediante el egoísmo, la vanidad, los deseos y las ilusiones, teniendo como base la mentira y como realidad el oro..., el oro rojo...
-Usted está en lo cierto... Usted va a triunfar.
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