Con un rápido movimiento recibió su vuelto y comprobante de carga de un somnoliento funcionario que tras el vidrio ni siquiera intentó corresponder la sonrisa o para qué decir el saludo inicial; ni el final agradecimiento. Luego armónicamente, sin interrumpir la fluidez de sus gestos, ambas manos se zambulleron dentro de sus bolsillos, emergiendo una de ellas nuevamente para situar la tarjeta frente al verificador y posteriormente con delicadeza de boxeador empujar el torniquete de la estación de metro, peldaños más abajo, desplazándose con su coreografía a diario interpretada, logró abordar un tren y tomar su asiento favorito, era el que mejor satisfacía -dentro de lo posible- sus necesidades de criatura paranoide, en ese asiento tenía perfecta visión sobre todos en el vagón, si bien estaciones más adelante las personas de pie se taparían unas a otras, nadie podría verle o arrojarle un vegetal sin que él lo notara.
Antes de que las puertas se cerraran y el tren se pusiera en marcha, las aburridas manos en sus bolsillos sacaron nuevamente el delgado papel del comprobante de carga, por reflejo, como solía hacer con cualquier papel pequeño que caía en sus manos, lo dobló por la mitad uniendo todas sus puntas, era un acto casi involuntario, ya fuera un envoltorio, una boleta o un billete, él siempre los doblaba por la mitad y luego en ángulos de noventa y cuarenta y cinco grados, claro que esta vez sin haberse percatado, había doblado el papel de forma perfecta. Jamás, desde la creación del universo, hasta ese segundo, en ese tren, con ese papel sujeto por aquellas manos, se había doblado algo de forma tan perfecta, y por doblez perfecto me refiero a una correspondencia a nivel atómico de cada una de las partículas de cada una de las puntas del papel. Nadie en el tren lo sabía, ni siquiera él, nadie nunca en ninguna parte del universo lo sabría, pero aquella mañana, en aquella galaxia él lo había logrado. La historia espacial se podía dividir en un antes y un después a partir de ese momento, pero nadie lo sabría. Y aquel trozo único de perfección y simetría volvería a ser guardado en su bolsillo, para posteriormente reposar con tranquilidad olvidado dentro de algún indiferente basurero.
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