No había música, no había gente. Con suerte, los diminutos insectos que a su alrededor todo cubrían se iban a desplazar evitando cualquier zumbido, por pequeño que fuera.
Una vez comenzaba su labor, el único sonido que las velas iluminarían, sería el de sus lápices rascando en diferentes ángulos y con velocidad moderada sobre las hojas de papel. No sabía si gritaban los lápices protestando al ver sus puntas raspadas y desgastadas contra la porosa superficie de las hojas, o si tal vez eran estas últimas quienes se quejaba al sentirse ultrajadas y apuñaladas por los insolentes lápices. Si bien, un día pensó que seguramente el reclamo debía provenir de las hojas; puesto que al ser diferentes cada noche no tenían tiempo para acostumbrarse a las cosquillas que de seguro sentirían. En cambio sus lápices, que se mantenían sin cambiar, noche tras noche, ya debían ser indiferentes a quien fuera que se posara a sus pies.
¡Cuántos secretos habían visto pasar aquellos lápices y cuántos habían guardado esas hojas!
Pero, claramente, a él nada de esto le importaba, ya fuera que las quejas vinieran de uno o de otro, de ambos o de ninguno, él sabía que por horas sería todo lo que escucharía y había aprendido a vivir con eso.
Una vez comenzaba su labor, el único sonido que las velas iluminarían, sería el de sus lápices rascando en diferentes ángulos y con velocidad moderada sobre las hojas de papel. No sabía si gritaban los lápices protestando al ver sus puntas raspadas y desgastadas contra la porosa superficie de las hojas, o si tal vez eran estas últimas quienes se quejaba al sentirse ultrajadas y apuñaladas por los insolentes lápices. Si bien, un día pensó que seguramente el reclamo debía provenir de las hojas; puesto que al ser diferentes cada noche no tenían tiempo para acostumbrarse a las cosquillas que de seguro sentirían. En cambio sus lápices, que se mantenían sin cambiar, noche tras noche, ya debían ser indiferentes a quien fuera que se posara a sus pies.
¡Cuántos secretos habían visto pasar aquellos lápices y cuántos habían guardado esas hojas!
Pero, claramente, a él nada de esto le importaba, ya fuera que las quejas vinieran de uno o de otro, de ambos o de ninguno, él sabía que por horas sería todo lo que escucharía y había aprendido a vivir con eso.
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