miércoles, 2 de noviembre de 2011

Erdosain se detuvo un momento, luego, con voz más pura y lenta, continuó:

-Créame... es muy vergonzoso esperar en un prostíbulo. Nunca se siente uno más triste que allí adentro, rodeado de caras pálidas que quieren esconder con sonrisas falsas, huidas, la terrible urgencia carnal. Y hay algo además humillante... no se sabe lo que es... pero el tiempo corre en las orejas, mientras el oído afinado escucha el crujir de una cama allí dentro, luego, un silencio, más tarde, el ruido del lavado... pero antes de que nadie ocupara el sitio del negro, dejé mi silla y fui a la otra. Esperaba con el corazón dando grandes golpes, y cuando ella apareció en el umbral yo me levanté.

-Siempre eso... uno tras otro.

-Me levanté y entré, otra vez la puerta se cerró; dejé el dinero encima del lavatorio, y cuando ella iba a entreabrir su batón, yo la tomé de un brazo y le dije: «No, yo no he entrado para acostarme con vos».

Ahora la voz de Erdosain había adquirido una fluidez vibrante.

-Ella me miró y seguramente lo primero que pensó fue si yo no sería algún vicioso; mas mirándola seriamente, créame, estaba conmovido, le dije: «Mirá, entré porque me dabas lástima». Ahora nos habíamos sentado junto a la consola de un espejo dorado, y ella, con su carita de colegiala, me examinaba gravemente. ¡Me acuerdo!... Como si fuera ahora. Le dije: «Sí, me dabas lástima. Yo ya sé que ganarás dos o tres mil pesos mensuales... y que hay familias que se darían por felices con tener lo que vos tiras en zapatos... ya lo sé... pero me diste lástima, una lástima enorme, viendo todo lo lindo que ultrajas en vos». Ella me miraba en silencio, pero yo no tenía olor a vino. «Entonces pensé... se me ocurrió en seguida de que entró el negro, dejarte un recuerdo lindo... y el más lindo recuerdo que se me ocurrió dejarte fue éste... entrar y no tocarte... y vos después te acordarás siempre de ese gesto». Fíjese que en tanto yo hablaba, el batón de la prostituta se había entreabierto encima de sus senos, mien­tras que sobre la pierna cruzada se... de pronto ella, al mirarse en el espejo se dio cuenta y apresuradamente bajó el vestido sobre sus rodillas, cerrándose el escote. Ese gesto me hizo una impresión extraña... ella me miraba sin decir palabra... vaya a saber lo qué pensaba... de pronto la regenta golpeó con el nudillo de los dedos en la puerta, ella miró en esa dirección con afligimiento, luego su carita se volvió hacia mí... me miró un momento... se levantó... tomó los cinco pesos y forcejeando los entró en mi bolsillo al tiempo que decía: «No vengas más porque si no te hago echar por el portero». Estábamos de pie... yo ya iba a salir por la otra puerta, y de pronto, con la mirada fija en la mía, sentí que sus brazos se anudaban en mi cuello... me miró todavía a los ojos y me besó en la boca... ¡qué le diré yo a usted de ese beso!... pasó su mano por mi frente y cuando ya estaba en el umbral, me dijo: «Adiós, hom­bre noble».

-¿Y usted no volvió más?

-No, pero tengo la esperanza de que algún día nos encontraremos... vaya a saber en dónde, pero ella, Lucién, no se olvidará nunca de mí. Pasarán los tiempos, rodará por los prostíbulos más miserables... se volverá monstruosa... pero yo siempre estaré en ella como me había propuesto, como el recuerdo más precioso de su vida.

Batía la lluvia en los cristales de la puerta y en los mosaicos del patio. Erdosain chupaba lentamente su mate.

Hipólita se levantó, fue hasta los cristales y miró un instante el patio negro. Luego volvióse y dijo:

-¿Sabe que usted es un hombre extraño?

Roberto Arlt - Los Siete Locos

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