..."—¿A usted le interesa la destrucción del ejército?
—Partiendo del punto de vista de que el ejército es defensor del régimen capitalista, no queda otro remedio que preconizar su sistemática destrucción. Además, nuestro ejército, examinado con un criterio técnico, no sirve absolutamente para nada.
—¿Ha hecho vida militar usted?
Un trueno, semejante al sordo estampido del paso de un tren escuchado bajo el puente metálico, estalla afuera.
—¡Diablo! ¡Va a llover!…
—Todavía no. Pero a su pregunta le contestaré con otra: ¿podemos nosotros entablar una guerra con un país vecino? ¡No! Estados Unidos no lo permitiría. Y si con un estado limítrofe es imposible toda guerra, ¿quiere explicarme usted para qué necesitamos este ejército? Además, y observe usted que es una objeción de carácter científico, nuestro ejército completo puede ser destruido por una escuadrilla de cincuenta aviones de guerra. En verdad, lo único positivo de los ejércitos sudamericanos son sus cuerpos de aviación. De igual modo, nuestra escuadra de guerra… ¿sirve para algo? ¿Podría hacer frente a la escuadra de Estados Unidos? ¡No! ¿Y entonces?… Ahora, si nuestro estado capitalista mantiene a esos excelentes muchachos de familia es sencillamente porque el estado capitalista no puede sostenerse oprimiendo al proletariado sin el inmediato auxilio de la fuerza.
»Pongamos un caso contrario, imposible casi de ocurrir: el que una democracia sensata, con sentido común, quisiera suprimir estos dos parásitos que absorben la mitad de las finanzas del Estado, Ejército y Marina. ¿Qué ocurriría? Lo siguiente: no faltaría un general audaz que en defensa de los intereses económicos de su clase diera un golpe de estado… lo cual, desde un punto de vista humano, es tan lógico como lógico es mi deseo de propagandista rojo de que el ejército sea despiadadamente destruido. Como ve usted, son dos lógicas un poco encontradas… pero que tienen la ventaja de ponerle en un aprieto a usted, doctor en leyes.
Un zigzag celeste revela afuera un cielo más plano que muralla de plomo. El apagado quejido del viento roza las maderas y vidrios de la ventana.
—Por lo demás, es ridículo sostener un ejército. Los países europeos no lo han suprimido porque a las clases capitalistas no les conviene y a las clases militaristas menos; pero consulte usted con un técnico y verá lo que le dice: la guerra futura es aérea y química. Los ejércitos desempeñarán papeles secundarios. Los ataques se llevarán a los centros de población civil que abastecen con su producción de guerra a las tropas del frente. ¿Qué dice usted a todo esto?
—No sé… Tengo la cabeza hecha un cencerro. Me parece que usted divaga en exceso.
El Astrólogo repuso casi violento:
—¡Ustedes quieren paz!… ¡Ustedes quieren evolución!… Es absurdo todo lo que pretenden ustedes… mezcla infusa de socialistas, demócratas, etc., etc. ¿Y sabe usted cuáles son los revolucionarios más tremendos que hoy pisan el suelo de la humanidad? Los capitalistas. Una mujer puede fabricar un hijo en nueve meses; un capitalista puede fabricar mil máquinas en nueve meses… Mil máquinas que dejan en la calle a mil hijos de mujeres que tardaron nueve mil meses en concebirlos. Y yo quiero la revolución. Pero no una revolución de opereta. La otra revolución. La revolución que se compone de fusilamientos, violaciones de mujeres en las calles por las turbas enfurecidas, saqueos, hambre, terror. Una revolución con una silla eléctrica en cada esquina. El exterminio total, completo, absoluto, de todos aquellos individuos que defendieron la casta capitalista."
Roberto Arlt - "Los Lanzallamas"
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